Estos sistemas presentan como principal ventaja su cobertura global.
Aún no tienen rival para cubrir extensas zonas de carácter desértico,
selvático u oceánico, e incluso en regiones con muy bajo nivel
de infraestructuras de telecomunicaciones -pues la infraestructura terrestre
requerida es mínima, máxime si los satélites cuentan con
procesamiento a bordo o enlaces intersatelitales ISL-, utilizados principalmente
para difusión de televisión a gran escala, a nivel nacional o
continental. Apenas existen zonas de sombra y en algunos casos permiten movilidad.
Actualmente, la mayoría de los sistemas de satélite
que están operando lo hacen en órbitas geoestacionarias, con lo
que el retardo que experimenta la señal al recorrer los casi 36.000 kilómetros
que separan la Tierra de la órbita de Clark (casi un cuarto de segundo)
limita el uso de estos satélites en aplicaciones de tiempo real, tales
como la videoconferencia o los servicios de voz, pues, al superar el retardo
máximo permitido, la calidad del servicio no es la adecuada. Intentos
con constelaciones de órbita baja como Iridium, que ofrece servicio de
telefonía -y recientemente también transmisión de datos-
a nivel mundial, fracasaron en un principio al cobrar unos precios por llamada
excesivamente elevados (del orden de 800 pesetas minuto) como para que el usuario
estuviera dispuesto a pagarlos a cambio de una cobertura global, cuando la cobertura
de telefonía celular en gran parte de los países desarrollados
llega a cotas cercanas al 100%. Sin embargo, y pese al precedente de Iridium
y el consiguiente parón en otros proyectos similares por falta de patrocinadores,
el espacio sigue apareciendo como un medio atractivo para las comunicaciones
interactivas y de banda ancha, tal y como muestra la intención de Teledesic
de continuar con su proyecto de instalar una red de banda ancha espacial.